César Milstein. La química de la pasión

Milstein tapaLa biografía de César Milstein fue mi segundo libro. Lo edité, al igual que el primero -una biografía sobre Marie Langer-, en Capital Intelectual y fue parte de la colección Paisanos.

 

 

Presentación paisanoEsto fue lo que conté en la presentación del libro, que organizó Capital Intelectual.

 

 

Aquí va la introducción del libro, para quien le interese leer un poco más:

El 8 de octubre de 1927 nadie podía imaginar que en Bahía Blanca acababa de nacer uno de los cinco argentinos que ganaría el Premio Nobel en el siglo XX. Aquel día nació César Milstein, quien viviría su infancia en esa pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires. Fue un chico más travieso e independiente que el resto de sus amiguitos. A los 11 ó 12 años, contagiado por el entusiasmo de una prima que trabajaba en el Instituto Malbrán, descubrió –fascinado– a la ciencia y desde entonces supo a qué querría dedicarse el resto de su vida.

Cuando tenía que comenzar el quinto año del colegio secundario decidió mudarse a Buenos Aires para poder cursar al mismo tiempo el último año de la secundaria y el curso de ingreso para la Facultad de Química de la Universidad de Buenos Aires. Allí fue, entonces, hacia la gran ciudad con apenas 17 años para vivir junto a su hermano Oscar, que estaba estudiando Ingeniería, en la pensión de Lolita, donde paraban también unas cuantas prostitutas.

Al año siguiente ingresó en la facultad y allí comenzó –además de la carrera de Química– una intensa actividad gremial y de militancia. Pronto fue bautizado por sus amigos como El Pulpito, apodo que lo acompañó toda la vida y que más adelante perdería el diminutivo. Aun más de sesenta años después de que ese apodo fuera acuñado, hay amigos que así lo recuerdan y a quienes les cuesta asociar el nombre “César Milstein” con su amigo “El Pulpo”.

Milstein tardó siete años en terminar la facultad, algo más de lo que solía tardar el resto de los estudiantes. Hubo varias razones para esta demora: a él le gustaba decir que no había sido un buen alumno, pero a esa apreciación subjetiva se sumaron algunos elementos objetivos. Milstein realizó, en paralelo a la facultad, un par de experiencias laborales –fue obrero textil en la fábrica Grafa y, más ligado a sus estudios, trabajó en un laboratorio de análisis clínicos– y a esto se sumó un accidente en el que casi perdió la vida. Todo esto hizo que se retrasara en la cursada.

Finalmente, se recibió en 1952 y juró el título por Dios y los Santos Evangelios, ante la mirada horrorizada de buena parte de las madres católicas de sus compañeros. Luego, comenzó su primer doctorado, bajo la dirección de Andrés Stoppani, y al año siguiente se casó con Celia Prilleltensky, la mujer que lo acompañaría durante toda su vida. Dos días después de la boda, se fueron un año de viaje a Europa e Israel. Una luna de miel en la que además de hacer turismo trabajaron en algunos lugares para poder extender, así, la estadía.

Al regresar, Milstein terminó su tesis y concursó para obtener un cargo en el Instituto Malbrán, donde había trabajado aquella prima que le transmitió su amor por la ciencia. Al mismo tiempo, se presentó para obtener una beca en el Laboratorio de Bioquímica del Medical Research Council (MRC), de Cambridge, Inglaterra, para seguir especializándose. Como obtuvo tanto el cargo de técnico científico en el Malbrán como la beca, decidió pedir licencia en el Malbrán y se fue –junto con Celia– rumbo a Cambridge. Era el primer contacto que tenía Misltein con el entorno que le permitiría, años más tarde, desarrollar sus investigaciones y obtener todos los premios de los que fue capaz.

Corría 1958 y Milstein se quedaría en el exterior hasta 1961, cuando regresó a Buenos Aires y a su puesto en el Malbrán. Pero no pasaría mucho tiempo hasta que volviera a irse. En 1963, cuando el golpe de Estado contra el presidente Arturo Frondizi ya se había producido, el Malbrán fue intervenido por las nuevas autoridades e Ignacio Pirosky, el hasta entonces director, destituido. Junto con él, muchas de las personas que trabajaban con Milstein fueron separadas de sus cargos por lo que El Pulpo no dudó en presentar su renuncia. Inmediatamente, le escribió a quienes habían sido sus tutores en Cambridge y, luego de que le confirmaran que tenían un espacio para él, abandonó nuevamente el país. Pero esta vez sería para siempre. Él mismo aseguraba que para volver necesitaba tener garantías de que el país entraría en una normalidad que no fuera pasajera. Pero esas garantías nunca existieron en la Argentina, al menos para los ojos de César Milstein, y fue así como se quedó el resto de su vida en Cambridge.

Comenzó a interesarse en la inmunología casi por casualidad, debido a la insistencia de Frederick Sanger, un bioquímico inglés que resultó determinante en la carrera de Milstein.

Se fue especializando cada vez más en el tema hasta que desarrolló, en 1975 y junto al alemán George Köhler, los anticuerpos monoclonales: unos anticuerpos específicos capaces de reproducirse indefinidamente fuera del organismo. Los dos científicos lo lograron fusionando una célula productora de anticuerpos con otra de origen tumoral (un mieloma) que le dio a la célula hija la capacidad de crecer y reproducirse en un tubo de ensayo. Milstein siempre destacaba que este descubrimiento había sido casual y azaroso y que había llegado a él tratando de comprender cuál era el funcionamiento de los anticuerpos.

Si bien el descubrimiento de Milstein y Köhler fue –según sus propios colegas– uno de los más importantes que se produjeron en el siglo XX, no fue patentado. Las autoridades de Inglaterra que debían hacerlo (ya que los científicos del MRC no eran propietarios de sus descubrimientos y debían ceder los derechos a la institución) consideraron que el uso médico e industrial de los anticuerpos monoclonales no era de aplicación inmediata y que su potencial era a muy largo plazo por lo que recomendaron no tomar ninguna acción al respecto. Al poco tiempo, cuando los anticuerpos monoclonales comenzaron a ser explotados comercialmente y a generar negocios de mucho dinero, se dieron cuenta del error que habían cometido. Y hasta la primer ministro inglesa del momento, Margaret Thatcher, la dama de hierro, protestó por la equivocación de sus funcionarios.

Al poco tiempo de que Milstein y Köhler descubrieron los anticuerpos monoclonales comenzaron a “llover” los premios: universidades, institutos, fundaciones. Nadie se privaba de reconocer a los científicos. Hasta que en 1984 ganaron el Nobel. Y allí fueron a recibirlo. Por primera vez en su vida, Milstein se probaba un frac.

Siempre se lo distinguió por la informalidad que tenía para vestirse y la sencillez de sus modos. Su casa en Cambridge tenía las puertas abiertas para quien quisiera visitarlo: a sus invitados les cocinaba –sus cualidades de chef son recordadas por todos– y los agasajaba con una buena bebida. Pero el trato diario a veces se hacía complicado: adoraba discutir y todo era, para él, un desafío y una competencia. Y sus familiares a veces recuerdan con cansancio esas características. Pero el científico las contrarrestaba con un trato cordial, cariñoso y de mucha generosidad para con sus seres queridos.

Milstein fue un hombre con contradicciones. De joven, anarquista; de adulto, algo conservador. Se sintió expulsado de la Argentina pero, al mismo tiempo, nunca quiso regresar a su país natal. Trabajaba día y noche y, a la vez, aseguraba que la suerte había tenido mucho que ver con sus descubrimientos. Sin embargo, más allá de todo eso, desde muy chico tuvo en claro que quería que su vida fuera una aventura. Y así la vivió.

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